1/06/2010

Invierno, primavera y muerte prematura

Colores del invierno, decías, colores abyectos y enfermizos. Yo te escuchaba, porque la verdad en mi cabeza abierta siempre venía de fuera. Y miraba donde tú mirabas y aprendí a distinguir los cuellos de cisne, las fajas ocultas y los pechos caídos que se turgían bajo un sujetador.
El tiempo me demostró que no tenías razón, que todos engañábamos y que la ropa sólo era una forma de incomunicación social. Hacía frío. Era invierno y la única manera era ir tapados hasta arriba, que no se viera nada, no enseñar nada y evitar ser reconocidos como seres humanos bajo capas y capas de licra, algodón y plastiquete del malo.
En medio de todo, mi cuerpo renacía y se definía como tal. Me volví cada vez más sensible, capaz de distinguir el más mínimo roce y disfrutar con él. Mi propio flujo de sangre me calentaba, no necesitaba más. Los trayectos diarios de riego sanguíneo se convirtieron en una tortura; sobre todo los días de vagancia. Esas mañanas en las que no quería salir de la cama, ni me estimulaba ir a clase, ni comer, ni quedar... Esas mañanas en las que lo único que tenía sentido era estar quieta y notar cómo latía mi cuerpo.
Llegó la primavera y los colores se volvieron vivos, dejando la muerte a un lado. Resulta muy cruel morir en abril o en mayo, cruel y absurdo, triste el apagarse con esa explosión de intensidad a tu alrededor; pero te dio igual. Dejaste la lógica a un lado, fallaron todos tus principios y en el resurgir cerraste la cuenta. Y mi cuerpo seguía renaciendo, cada día nos despertábamos los dos: mi cuerpo y yo. De forma separada y unida. Calibrando nuestras propias fuerzas en una lucha por el control final. Solía ganar yo, todo hay que decirlo. Aprendí a sentir sin pensar qué era lo que sentía, hacia dónde podría llevarme y mi cuerpo se dejó vencer de manera silenciosa. Todas las ollas a presión necesitan una válvula de escape y esta no era diferente. Su detonante era el alcohol y la caricia; simplemente. Aquellos dos elementos, extraños a la cadena de mando que había conseguido organizar, eran la crisis del sistema. La muerte total del orden establecido. Y tú siempre estabas ahí para recordármelo.

2 comentarios:

Mariola C S dijo...

Hola, te leo desde hace bastante tiempo. Me encanta como escribes, a veces las actualizaciones son una frase, pero en ella hay mucho contenido; me gusta tu estilo, de verdad. Un saludo

Vanlat dijo...

Gracias Mariola :D y Bienvenida.