11/22/2009

Papadas

Debería estar orgullosa de mi padre.*

Debería rodearlo con los brazos en cuanto nos encontramos y no soltarle en un par de horas para que no se olvide de cuánto le quiero. Debería callarme cuando entra en sus montañas rusas metalingüísticas y escucharle con los oídos bien abiertos, aunque me haya contado tantas veces las mismas cosas que me sepa hasta el orden de la exposición. Aunque no sea verdad, porque siempre cambia algo.
Debería seguirle oculta entre la sombra e ir contando cada paso que da porque a veces me parece un milagro que siga andando con las dos piernas y use la tercera de pulsera larga. Debería hablar de como lo hace, pero es que yo no lo sé. Él lo hace y consigue que parezca que no cuesta esfuerzo, aunque se le acentúe el hoyuelo en la barbilla y los ojos se le vuelvan saltarines. Y están los días que brilla, que brilla muy fuerte y tenemos que apartar la vista, porque nos dejaría ciegos a todos de una sola exposición.
Debería hablaros de cada kilo que pierde y, de repente, parece que nunca tuvo. De como come la mitad del cuarto que veía comer a su padre y dice que así está bien. Y como, también, de vez en cuando se le escapan los deseos en forma de patatas fritas (a los huevos les tiene más respeto). Debería hablaros de la ginebra, el vino y el cava, porque otra cosa no, pero gusto fino tiene un rato. Se empeña en que yo pruebe y aprenda, se afilia a las bodegas para testar todos los sabores y no dejar ninguno sin confirmar existencia. Y compra y agasaja a sus invitados, aunque más de uno se empeñe en quitarle razón y gusto (pero maleducados hay en todas partes).
Debería hacerle una foto y colgarla aquí para que le vierais, pero mi padre no cabe en una foto. Porque en las fotos no se ve la ternura que refleja, ni la mala leche que se gasta cuando quiere, ni lo que le duele la espalda y las rodillas y los tobillos y la cabeza y el corazón algunas tardes. Porque las fotos nada dicen de todo lo que hace para estar bien, ni siquiera un poco sale en las fotos. Porque no se oyen los pasos rápidos casi cojos que da cada vez que le digo que me marcho a casa, ni el modo en el que se encoge un poco cuando piensa que tengo otra casa y la manera en la que se muerde el labio o la lengua o las ganas según lo cerca que me tenga para no pedirme que me quede. Porque se dejan en los márgenes las sonrisas de las pedorretas en la tripa, de los baños cuando era niña, de los esquemas que había que repetir porque todavía no eran perfectos, de las noches que me tapaba y me convertía en gusanito para que no me entrase frío. Porque se olvidan del ruido de los besos, los abrazos y cómo aguanta mis tristezas sin que yo le diga nada y sin decirlo él, de las excursiones al banco y de comer juntos en el Vips una pizza o una pasta, de los safaris de lágrimas, a los que ninguna escapaba.
Y de vez en cuando me pregunta cosas, así como quien no quiere la cosa... ¿Y quién es ese Juan? ¿Ese Pedro? ¿Ese Javi? ¿Ese Nacho? ¿Ese César? ¿Ese Quique? ¿Ese Antonio? ¿Ese Alejandro? ¿Ese del que tanto hablas? Y yo me río porque hablo mucho, pero nunca de lo que él me pregunta aunque no pregunte...
Y podría seguir escribiendo y seguir contándoos lo increíble que es, pero *qué os voy a decir yo que soy su hija...

4 comentarios:

el rincon de la pequeña dijo...

Adorables

Anónimo dijo...

Guapa!
Vanlat

Galetti dijo...

Una vez más... lo has hecho.

Laluz dijo...

Es fantástico poder leer amor en estado puro y saber que lo mejor de todo es que existe.